Plato vuelve a tener sed. Y en medio de la crisis actual del agua, una vieja historia regresa desde la memoria del río.
Una historia que no quedó escrita en la crónica oficial, pero que sigue viva en la memoria oral de Plato, Magdalena.
Muchos conocen la leyenda de Saúl Montenegro, el hombre que se volvió caimán. Pocos, en cambio, conocen la parte que no quedó escrita.

Fue Virgilio Difilipo, en una crónica publicada en un prestigioso diario regional, quien describió con rigor narrativo los hechos que rodearon la transformación, la persecución y la huida de Saúl. Aquella crónica, leída y repetida durante décadas, dio forma definitiva a la leyenda del Hombre Caimán, otorgándole peso histórico y legitimidad cultural.
Sin embargo, no todo fue contado allí.
Mi bisabuelo me relató una versión que no aparece en la crónica de Difilipo: una historia transmitida de boca en boca, como suelen sobrevivir las verdades incómodas y los miedos colectivos. Según ese relato, después de ser perseguido y obligado a huir río abajo por el majestuoso río Magdalena, Saúl no solo perdió su forma humana, sino también su lugar en el mundo.
Antes de desaparecer definitivamente —dicen— regresaba en silencio a la orilla. Su madre, sin hacer preguntas y sin mirar atrás, le dejaba pan, queso y ron. Nadie deja comida si no cree. Nadie cree si no sabe. Aquellos alimentos se convirtieron en el último vínculo con la vida que le fue arrebatada.
Fue entonces, según esta tradición oral no registrada, cuando Saúl profirió una maldición.

No una maldición escrita, ni firmada, ni publicada.
Una maldición dicha al río, al pueblo y al destino.
Juró que Plato, hasta entonces privilegiado por la cercanía del Magdalena, sufriría sed de la misma agua que lo rodeaba. Que el río, como ofrenda perpetua por su condena, tomaría una vida cada año, o cuando así lo estimara necesario. Y que, llegado el momento, el agua reclamaría también al pueblo entero.
Durante muchos años, en el pueblo se rumoró —con una mezcla de resignación y temor— que cada año se ahogaba una persona en el río, casi siempre jóvenes. No como un accidente aislado, sino como una repetición inquietante, como si el río cobrara su cuota: una víctima silenciosa que confirmaba el antiguo juramento.
Las grandes crecientes de 1975, 1988 y 2010 en nuestra historia más reciente, destruyeron el Plato que conoció Saúl. Casas, calles y memorias fueron borradas por el agua. Por otro lado, como si la maldición tuviera un segundo rostro, el río se retiró.
Donde antes hubo un puerto imponente frente a la iglesia, hoy apenas queda un caño angosto, de poco caudal. En verano se seca; en invierno se llena de tarulla, esa planta acuática espesa y silenciosa donde se decía que Saúl se escondía… o aún se esconde.

La paradoja es cruel:
Plato, a orillas del río más importante de Colombia, padece sed cada diciembre.
Tal vez no fue el río el que abandonó al pueblo.
Tal vez fue el pueblo el que nunca dejó de huir de su culpa.
Y quizás, cuando alguien desaparece en el agua, no es solo un accidente:
es el eco de una historia que no quedó escrita,
pero que el río jamás olvidó.
Nota del autor: Este texto integra memoria oral familiar y tradición popular. Distingue entre la crónica periodística de Virgilio Difilipo y un relato no registrado en dicha crónica, transmitido por generaciones en Plato, Magdalena.

